XXX JORNADA MUNDIAL DE LA VIDA CONSAGRADA EN NUESTRA ARCHIDIOCESIS DE MÉRIDA-BADAJOZ
Viernes, 30 de enero de 2026
Con motivo de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, el pasado 30 de enero de 2026 se celebró en Badajoz el evento “Luces en la ciudad”, una iniciativa que ofreció un espacio de convivencia, descubrimiento y fe compartida entre consagrados y laicos.
La jornada comenzó a las 17.15 h. en la plaza de España, frente a la Catedral, donde el grupo DANDO COLOR animó los primeros momentos, facilitando la acogida y la formación de grupos. Posteriormente, los participantes accedieron al templo catedralicio, donde el arzobispo de Mérida-Badajoz, Mons. Fr. José Rodríguez Carballo, ofm, dirigió un saludo inicial y envió a los asistentes a conocer las distintas comunidades de vida consagrada presentes en la ciudad, auténticas luces que iluminan con su carisma y servicio la vida eclesial y social.
En el encuentro participaron diversas realidades de vida consagrada: las comunidades contemplativas de Clarisas Descalzas, Clarisas de Santa Ana y Carmelitas; Adoradoras, Cristo Crucificado, Santo Ángel, Hospitalarias de Jesús Nazareno (de Mérida), Corazonistas, los institutos seculares Hogar de Nazaret y Cor Iesu, la sociedad de vida apostólica de las Hijas de la Caridad, la nueva forma de vida consagrada de Verbum Dei y el Ordo Virginum, en unión con el Santo Ángel.
A nuestro Monasterio de Ntra. Sra. de las Mercedes, acudieron un número considerables de jóvenes y de algunos adultos que participaron con nosotras este encuentro vocacional.
Pasadas las 17.30 h. los acogimos en nuestro templo conventual, donde la Vicaria de este Monasterio, Sor Mª Esperanza de Jesús Menacho López, les dio la bienvenida y exponiendo los orígenes de este convento, resaltando como la vida de las monjas de esta comunidad gira en tono de la Adoración Diurna, que se instituyó con motivo del Centenario de la muerte de Santa Clara, en el año 1953 con la Exposición Solemne de Santísimo Sacramento.
Y con la frase: “Estamos aquí porque creemos que Dios sigue encendiendo luces en medio de la ciudad y queremos compartir la nuestra”. Se encendieron las velas que rodeaban el precioso Cristo de San Damián, que presidia esta celebración.
Para la pregunta: ¿Quiénes somos y qué luz aportamos? Nos ayudó nuestra hermana Sor Teresa Lazón Valles, que con sencillez presentó nuestro carisma Franciscano-Clariano. Mientras que estaba en su exposición vimos entrar por la puerta de nuestra iglesia (con su hábito Franciscano) a nuestro querido hermano y Pastor Fr. José, que llegando al presbiterio tomo asiento junto a nosotras, y en el momento que le brindamos la palabra, explicó a los jóvenes el significado del Cristo de San Damián, y el año Jubilar de la Pascua de San Francisco que estamos celebrando. A nosotras su hermanas Clarisas, nos felicitó por nuestra vocación, y por nuestra misión en la Iglesia. Recalcó, que valemos más por lo que somos, que por lo que hacemos. Le acompañaban su secretario particular, algún formador del Seminario de San Atón y algunos seminaristas menores. En breves momentos se retiró para ir visitando a otros grupos de la ciudad.
Seguidamente era el momento de los testimonios, comenzando primeramente nuestra hermana Sor Mª Rocío del Sagrado Corazón de Jesús, que recientemente ha emitido la Profesión de Votos Solemnes, en esta iglesia, que dijo: ¡Cuando esta luz le alcanzó en su vida que es lo que hizo! Con el relato de su preciosa vocación. Terminando con la siguiente frase: “no somos perfectos, pero hemos descubierto una luz que merece la pena compartir”.
Al terminar el laico Terciario Franciscanos Seglar, el hermano Víctor Merino, ofs. contó la importancia en su vida, y lo que le aporta espiritualmente el compartir con nosotras la Misa Dominical y la participación en la misma, el rezo de Vísperas, y en otros eventos que tenemos en nuestra iglesia La satisfacción de que había hecho su Profesión en la Orden Franciscana Seglar, en este templo.
Se dio paso al momento de las preguntas abiertas, donde varios adultos son las que nos la hicieron. A los jóvenes le preguntamos: ¿Dónde necesitan ellos ver más luz hoy?¿Qué esperaban ellos de la Vida Consagrada en esta ciudad?
Se rezó comunitariamente para concluir este encuentro gozoso con la oración de la XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada.
Antes de concluir les dejamos este mensaje final: “La ciudad necesita muchas luces distintas, todas juntas hacen posible el camino”.
Pedimos a los asistentes a que se acercarán dónde estábamos nosotras para tener con cada uno de ellos un sencillo detalle franciscanos, con ocasión de encontrarnos en el VIII Centenario de la muerte de nuestro seráfico Padre San Francisco.
Se les avisó para que esperaran todos en el templo, donde dos hermanas portando una lámpara encendida se dirigieran al lugar asignado.
La segunda parte del evento fue la Eucaristía con la Vida Consagrada, celebrada a las 19.00 h. en el templo de la Concepción y presidida por Mons.Fr. José Rodríguez Carballo, ofm. Durante la homilía, el arzobispo invitó a dar gracias a Dios por el don de la vocación y subrayó que la vida consagrada es un testimonio radical de la unión con el Padre y de la entrega total, haciendo presente su estilo de vida en la Iglesia y en el mundo. En este contexto, los consagrados renovaron sus compromisos, portando sus propias luces como signo de fidelidad y esperanza.
La jornada concluyó con un momento fraterno de convivencia, dialogando sobre la experiencia vivida, poniendo así un momento cercano a una tarde marcada por la comunión, la gratitud y la luz compartida. Se les obsequió con una merienda de churos con chocolate.
Ø Aquí se deja la homilía que pronunció en estos momentos:
JORNADA MUNDIAL DE LA VIDA CONSAGRADA
(Iglesia de la Concepción, Badajoz, 30 de enero de 2026)
Queridos hermanos y hermanas, consagrados; queridos jóvenes que hoy nos acompañáis numerosos: ¡El Señor os dé la paz!
Celebramos hoy en nuestra Archidiócesis la Jornada Mundial de la Vida consagrada. Una Jornada que quiere despertar en toda la Iglesia aprecio y simpatía por esta forma de vida, caracterizada, como dice el Concilio, por un seguimiento “más de cerca” de Cristo, mediante la profesión de los Consejos evangélicos (cf. Lumen Gentium 43-47; Perfectae caritatis).
Ese aprecio a la Vida consagrada ha de sentirse, en primer lugar, por los mismos consagrados, pero también por todo el Pueblo santo de Dios. Los consagrados mostrarán el aprecio a esta forma de vida cuidándola, como se cuida algo precioso, como precioso es la Vida consagrada, siendo bien conscientes de nuestra fragilidad y sabiendo que llevamos ese tesoro “en vasijas de barro” (cf. 2Cor 4, 7). No podemos dormirnos ni siquiera distraernos. Hemos de mantenernos vigilantes, de tal modo que sus miembros sigamos a Cristo y nos unamos a Dios (cf. PC 2), sabiendo que nuestra meta principal es la unión íntima con el Señor. Demos brillo evangélico a nuestras vidas, recuperemos el estupor de haber sido llamados a seguir “más de cerca “a Cristo.
Por su parte, los presbíteros y todo el Pueblo santo de Dios mostrarán ese aprecio a la Vida consagrada sintiéndola como parte esencial de la Iglesia, recordando siempre que esta forma de vida es un don a la Iglesia, que está en el corazón mismo de la Iglesia y por lo mismo es un elemento decisivo para su misión , pues forma parte integrante de la vida misma de la Iglesia (cf. VC 3), en cuanto “pertenece sin discusión a su vida y a su misión” (Lumen gentinum 44). Sin la Vida consagrada la Iglesia no sería la querida por Jesucristo sin la Vida consagrada, precisamente por ello no pude ser considerada como una realidad aislada y marginal, sino que afecta a toda la Iglesia.
Cuidarla y apreciarla significa para los consagrados nutrir adecuadamente su vocación e intentar vivirla con el corazón “indiviso” (cf. 1Cor 7, 34). Como las demás formas de vida en la Iglesia, la Vida consagrada se nutre frecuentando los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación; meditando asiduamente la Palabra de Dios; de la oración personal y comunitaria asidua, de la vida fraterna en comunidad para aquellos institutos cuyo carisma comporta la vida en común de sus miembros. La Vida consagrada se nutre de una formación permanente que sea integral y en clave misionera, y de la misión como tal, sabiendo que la vida consagrada no tiene una misión, que no se limita a realizar tareas, sino que ella misma es misión.
Queridos hermanos y hermanas: Yo, consagrado como vosotros, os invito en esta Jornada a dar gracias a Dios por el don de la vocación y a reavivar constantemente en nosotros el don que hemos recibido. Nuestra vocación es hermosa. ¡Cómo no lo va a ser si a través de los consejos evangélicos la vida consagra está llamada a ser reflejo de la vida trinitaria! (VC 21ss)¡Cómo no lo va a ser si estamos llamados a “reproducir en nosotros la vida terrena de Jesús –casto, pobre y obediente¡” ¡Cómo no lo va a ser, si está llamada a ser “memoria viviente del modo de pensar, existir y actuar de Jesús” y convertirnos de este modo en testigos de Cristo en el mundo (cf.VC 25ss), configurando nuestra existencia con la de Cristo, y haciendo presente su estilo de vida en la Iglesia y el mundo!
Llamados a ser faros que indiquen el puerto (Cristo) a quienes luchan en alta mar; llamados a ser antorchas que iluminen el camino a aquellos que caminan envueltos en la oscuridad; llamados a ser centinelas de la mañana (cf. Is 21, 11-12) que anuncian la llegada de un nuevo día aunque estemos atravesando una noche oscura, esta Jornada que nos ofrece la Iglesia es un buena ocasión para redescubrir la alegría de seguir a Jesucristo y reafirmar nuestra confianza en aquel que nos ha llamado a seguirle: “Sé de quién me he fiado” (2Tm 1, 12). Por otra parte, esta Jornada nos invita a tomar renovada conciencia que ante las dificultades por las que podamos estar atravesando el Señor no nos abandona y nos dice: “Te basta mi gracia” (2Co 12, 9).
La fiesta de la Presentación nos urge a ser portadores de la Luz, a llevar a Cristo, “luz de las naciones” (Lc 2, 32), a los rincones más apartado de nuestra tierra extremeña en la que el Señor nos ha colocado. Llevemos la luz de Cristo a las familias rotas, a los ambientes donde haya conflictos, allí donde se den condiciones de fragilidad y prueba que ponen en peligro la estabilidad social. Llevemos la luz de Cristo especialmente allí donde la marginación y la pobreza hacen acto de presencia. Seamos portadores de la luz de Cristo allí donde estemos, allí donde la gente, nuestros hermanos, trabajan, sufren y se alegran. No nos separemos nunca de la gente. Somos consagrados para la gente. Y solo así seremos una voz profética dentro de la Iglesia y en la sociedad; una forma de vida que sabe escuchar, anunciar y denunciar. No nos repleguemos en nuestras zonas de confort. Acogiendo a Cristo en nuestros brazos, como el anciano Simeón (cf. Lc 2, 28), desde la fidelidad a nuestros respectivos carismas, llevemos a Cristo a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, conscientes que la mayor pobreza la sufren aquellos que no conocen a Cristo.
Este año la Jornada Mundial de la Vida consagrada recuerda el Congreso de vocaciones que se celebró hace casi un año, del 7 al 9 de febrero de 2025. Este Congreso nos ha motivado a todos a seguir construyendo la cultura vocacional y a tomar conciencia de que cada persona es “una vocación para la misión”.
En este contexto, sin olvidar a los consagrados, quiero dirigirme particularmente a los numerosos jóvenes que hoy nos acompañáis. Preguntaros también vosotros, queridos jóvenes: ¿Para quién soy? ¿A quién busco? El Señor te llama, ¿tienes conciencia de ello? Y te llama por tu nombre, conociendo tu historia, y te llama porque te ama, como amó al joven rico del que nos habla el Evangelio (cf. Mt 19, 16-30). Te llama para estar con Él y enviarte a proclamar la Buena Noticia allí donde la dignidad de las personas está herida y la fe es puesta a prueba. Pregúntate a que forma de vida en la Iglesia te está llamando el Señor. ¿Tal vez a formar una familia cristiana comprometida? ¿Tal vez a ser sacerdote? ¿Tal vez a ser consagrado? No mires para otro lado. Ven y verás (cf. Jn 1, 39), sígueme te dice también hoy a ti el Señor (cf. Mt 9, 9-13). No os anuncio un camino fácil, queridos jóvenes. El que sigue a Jesús, en cualquiera de los estados de vida a los que llame el Señor, entra en el tsunami que ha traído Jesús a la tierra -“No he venido a traer paz, sino guerra” (Mt 10, 34)- y del amor sin condiciones. Seguir a Jesús puede que no sea fácil pero es fascinante. ¡Apúntate! No te arrepentirás.
A los primeros discípulos el Señor les pidió que dejaran al padre y la profesión. A ti, ¿qué te está pidiendo que dejes para seguirle? ¿Te lo has preguntado alguna vez? Es hora de preguntártelo. No dejes para mañana lo que debes hacer hoy. Seguro que Cristo no te defraudará.
Encomendándonos a María y pidiéndole que fortalezca nuestra esperanza, llevemos la luz de Cristo por la ciudad y pueblos donde nos encontremos.
+ Fr. José Rodríguez Carballo, ofm









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