CELEBRACIÓN SE LAS EXEQUIAS
DE SOR INMACULADA DE LA EUCARISTÍA DOBLADO LAVADO,OSC
DÍA 17 DE FEBRERO DE 2026
Al día siguiente del fallecimiento se celebraron en nuestra iglesia las exequias de Sor Inmaculada de la Eucaristía Doblado Lavado, a las 18.00 h. Presidida por el Muy Iltre. Sr. D. Feliciano Leál Cáceres, Vicario de Religiosas, concelebrando los Muy Iltres. Sres. Canónigos D. Gabriel Cruz Chamizo, D. Julián García Franganillo, D. José Antonio D. Antonio López Ortiz, David Martínez Gutiérrez, y los Rvdos. Sres. D. Francisco Trabadela Gómez, Capellán del Monasterio, D. Manuel de la Concha Leál y D. José Antonio Salguero Marín.
Al comienzo de la Santa Misa, se dio comienzo a la lectura de la reseña de la difunta; que juntamente con la bellísima homilía, destacaron perfectamente a nuestra querida hermana Sor Inmaculada, en su forma de ser y de vivir los 77 años de vida consagrada.
En el momento que los sacerdotes entraron en el coro bajo, para comenzar el rito de despedida de nuestra querida hermana Sor Inmaculada de la Eucaristía, también pasó a despedirse de ella Mons. D. Alberto José González Chávez, -que estos días de carnaval estaba ausente de la ciudad-, emocionante fue el contemplar a este sacerdote que ella le conocía desde la niñez, y que se llamaban viejos amigos espirituales; donde él ha estado desde el primer momento que le ocurrió la causa de su muerte, y en las dos veces que estuvo en agonía, le sirvió de bálsamos espiritual. ¡Dios se lo premie en santidad!
Una ceremonia muy emotiva y familiar donde la iglesia estuvo a rebosar, de familiares, amigos y bienhechores de la comunidad, que le querían expresar su cariño, agradecimiento, y despedirse de ella.
Incontables son las muestras de agradecimientos que en este momento y al transcurso de los días hemos recibido de las personas. Sor Inmaculada se supo ganar el cariño y la simpatía de aquellos que la conocían o les pedían su consejo.
Sentimos el amor maternal de la M. Sor Isabel Cobo Jiménez, Presidenta Federal, acompañada de M. Sor Eugenia Lara Cabrera, Abadesa de la Fraternidad de Santa Clara, en Belalcázar, de M. Sor Mª Teresa Domínguez Blanco, Abadesa del Monasterio de Santa Ana y Vicaria Federal, a acompañada de dos hermanas de su Fraternidad, Sor Mª Jesús Carroza Porro y Sor Rocío Cortes Rodríguez.
También agradecemos el gesto fraterno de Sor Mª Rosario Sánchez Muñoz, de Sor Mª Soledad Cuatlayoti Ahuati y Sor Mónica Chávez Isojo, de la Fraternidad de Santa Clara, en Llerena, al visitarnos a media mañana -porque no podían a la hora del entierro-, para confortarnos por el desenlace de la hermana; y la verdad que fue un verdadero bálsamo cristiano.
Agradecemos también de todo corazón las muestras de afecto y de oraciones de todas las hermanas de la Federación Bética, Ntra. Sra. de Loreto.
Ella será nuestro nuevo cimiento en nuestra comunidad, para seguir la obra de santidad que ella sembró, y que llevó acabo toda su vida.
Ella será nuestra carta de representación ante el Señor, y que Él como buen Pastor, le ha preparado una buena mesa en el banquete eterno.
San Francisco y Santa Clara de Asís, rogad por ella.
Sor Mª Esperanza de Jesús Menacho López, osc
Fraternidad de Ntra. Sra. de las Mercedes, Badajoz
RESEÑA DE
SOR INMACULADA DE LA EUCARISTIA DOBLADO LAVADO, OSC
Se durmió en el Señor, el 16 de febrero de 2026
Bienaventurados los que encontraré en su santísima voluntad porque la muerte segunda nos le hará mal” San Francisco de Asís
¡Qué difícil es realizar y relatar una sencilla reseña de una monja pequeña de estatura, de una vida longeva, se un corazón grande, de un espíritu joven hasta el final de su vida y que con su sencillez derramó el buen perfume por toda la ciudad!
En la comarca de las Vegas Altas del rio Guadiana, nos encontramos, Guareña, tierra de poetas, lugar acogedor, donde el 11 de octubre de 1929, nació Julia Doblado Lavado, dentro del seno de la familia cristiana de Victoriano y Catalina, siendo la séptima hija de su matrimonio.
Bautizada el 27 de octubre de 1929. En su infancia fue una niña piadosa, madura e inteligente. Muy alegres y sociable con sus vecinos.
Recibió la Confirmación el 20 de mayo de 1935
Una vocación nacida en un Primer Viernes de marzo, cuando Julia devotísima de Ntro. Padre Jesús de la Espina, visitó esta iglesia de las Descalzas, para rezar al Nazareno y besar el pie de la imagen. Una señora le dijo que el Cristo concedía en este día las tres gracias que se le pidiese. Ella después de terminar su segunda petición, no sabía por cuál debía de pedir y le dijo al Cristo que le diera vocación, como así sucedió.
Ahora tocaba discernir en dónde. Ella tenía contacto con las Religiosas Adoratrices de esta ciudad, donde ya había quedado con ellas para concretar su vocación; pero el Señor tenía otros planes para ella, y es cuando las monjas de este Monasterio, invitaron a Julia asistir a la Profesión Religiosa de Sor Angelina del Carme, paisana de ella. Aquí nación la vocación a la llamada de querer ser Hermana Pobre de santa Clara.
Julita, con 16 años de edad, cumplió su deseo el 8 de septiembre de 1946, en la Festividad de la Natividad de la Virgen María, que ingresó en este convento de Clarisas Descalzas.
Fue fiel discípula de la Madre Mercedes del Santísimo Sacramento, que le acompaño en su proceso formativo, y el día 9 de marzo de 1947 recibió el Hábito de las Hermanas Pobres de Santa Clara, donde recibió el nombre de Sor Inmaculada de la Eucaristía, hizo la Profesión Temporal, el 10 de marzo de 1948 y comenzó a ser esposa de Jesucristo para siempre desde el día 10 de marzo de 1951 con la Profesión Solemne, hasta el día de hoy.
Una mujer de un espíritu grande, firme, clara, sencilla, inteligente, de una intuición extraordinaria, humana, emprendedora, culta. Mujer de fe y de una gran confianza en la Providencia divina.
Fue por 24 años seguido Abadesa de este Monasterio, descanso un trienio y continuó en varios trienios más. Maestra de novicias y pasó por todos los diferentes oficios de responsabilidad que hay en la comunidad.
Grandes dotes para la música. Ella contaba como una hermana le enseñaba en un cartón el teclado de un piano, para aprender la música.
Ha sido una de las mejores organistas de nuestra Federación Bética. Sus piezas en el órgano, lo hacían hablar de todo lo que ella llevaba en su corazón. Este don lo mantuvo hasta su ancianidad, que decía que tocaba para el Señor.
Una religiosa autodidacta, que continuamente se le veía con una lectura prolongada de la Sagrada Escrituras, de la espiritualidad Franciscana, y de todo aquello que le ayudaba a crecer en su espíritu para su contacto con Dios. Disfrutaba con estar al día de las noticias, que las hacia suyas para llevarlas a su oración, personal o comunitaria, pidiendo por la conversión de los políticos y de los pecadores.
Su vida religiosa ha sido marcada por el sufrimiento físico, moral y espiritual, que con fortaleza, firmeza y segura soportó afrontar los momentos de adversidad y de crítica.
Emprendedora, creativa y con su sencillez no temió a quien se le pusiese por delate para cumplir la Voluntad de Dios, que fue el lema en toda su vida consagrada.
Clarisa entregada y sumisa a los superiores. Amante de los sacerdotes.
Disfrutaba en comunidad con la lectura de la Regla de Santa Clara, y las CC. GG. que le daba un toque especial a la hora de explicarla.
Amante de la vida fraterna: nos inculcaba con frecuencia que estuviéramos muy unidas en el amor, y que una y otra vez nos decía el mandamiento del amor: “Amaos unos a otros, como Yo os he amado”.
Pasábamos unos recreos muy alegres con su simpatía y el don del buen humor.
A ella agradecemos de corazón como nos inculcó la devoción a la Divina Misericordia, la Coronilla y los Primeros Viernes de mes.
Un alama grandemente Eucaristía. ¡Cómo disfrutaba cantar a Jesús en el Sagrario! Mariana, sobre todo la devoción a la Inmaculada Concepción.
Tenía un don muy especial para dar consejo, y muchas personas acudían a ellas en el torno.
En su camino terrenal fijó, sus ojos, la mente y el corazón en el Hijo de Dios para volverse como él pobre, humilde, amorosa, mansa, supo ir muriendo y dando gracias, gozando de la proximidad del encuentro con Cristo.
“Si mueres con él en la cruz de la tribulación, poseerás las moradas eternas en el esplendor de los santos” 2Cta. Cl 21
El viernes 6 de marzo de 20226, estando con toda la Comunidad, en el coro bajos para el rezo de Vísperas, sufrió un Ictus y una hemorragia cerebral donde fue traslada en ambulancia hasta el HUB donde permaneció hasta su fallecimiento.
Escuchó la voz del esposo el día 16 de febrero de 20226, en el VIII Centenario de la Pascua de San Francisco de Asís.
Escuchemos por breves momentos en nuestro interior: ¡Que hermosa melodía hay hoy y habrá siempre en el cielo! Sor Inmaculada se ha llevado arrastrando el órgano hasta las moradas eternas para seguir con sus alabanzas continuas a la Santísima Trinidad.
El camino de la Belleza de la contemplación transformante donde para ella ha sido un encuentro deseado y de gozo.
Madre Inmaculada: “gracias por que el Señor, te creó, te pensó y te consagró”.
Gracias por se nuestra amiga, madre, consejera y apoyo espiritual. Te queremos y te agradecemos por cuanto has sido en cada una de nuestra historia personal y de edificación en este Monasterio de Ntra. Sr. de las Mercedes, tanto a nivel espiritual como por sus dotes y dones que siempre ha puesto a bien de la comunidad.
Hermana, descansa ahora de tus fatiga, en la en paz y el gozo de tu Esposo Jesucristo. Amén.
La Misa de Exequias se celebró el 17 de febrero de 2026, en nuestra iglesia, a las 18.00 h. Presida por el Muy Iltre. Sr. D. Feliciano Leál Cáceres,
Sor Mª Esperanza de Jesús Menacho López, osc
Fraternidad de Ntra. Sra. de las Mercedes, Badajoz
CARTA DEL SACERDOTE D. ALBERTO JOSÉ GONZÁLEZ CHAVEZ
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PAX ET BONUM
A Sor Inmaculada de la Eucaristía
Mi querida Madre Inmaculada:
Ahora que el Señor la ha llamado, y que su alma ha cruzado por fin ese umbral que usted tantas veces contempló en silencio desde el coro, desde la celda, desde la penumbra encendida del sagrario, me brota del corazón escribirle. No porque necesite ya palabras usted, que ha entrado en la Palabra misma, sino porque yo las necesito, como se necesita el último gesto de gratitud cuando el corazón rebosa y no sabe callar.
La conocí cuando yo era un niño de apenas diez años, y usted era ya una presencia firme, luminosa y vigilante en el convento de las Descalzas de Badajoz. Han pasado cuarenta y cinco años desde entonces. Casi toda mi vida. Y en esa larga fidelidad ininterrumpida, en esa amistad que nunca se enfrió ni se interrumpió, he visto siempre en usted a una mujer de inteligencia clara, de intuición penetrante, de energía interior indomable. Había en usted una firmeza de criterio que no era dureza, sino verdad; una ecuanimidad que no era frialdad, sino justicia; un don de gentes que no era complacencia, sino caridad sincera.
Entró en el convento con dieciséis años. Noventa y seis ha vivido. Ochenta ha permanecido dentro de esos muros benditos. Una vida entera ofrecida, consumida como una lámpara ante el Santísimo. Pienso ahora en esa niña que cruzó el umbral por primera vez, y en la anciana que lo ha cruzado por última vez para entrar en el cielo. Y todo ha sido una misma fidelidad.
Cuando yo tenía trece, catorce, quince, dieciséis años, íbamos un grupo de jóvenes al convento. Éramos torpes, inexpertos, llenos de fervor y de ignorancias, pero atraídos por algo que no sabíamos nombrar. Íbamos a adorar al Señor, a cantar vísperas con las clarisas. Pero antes de todo eso, yo ya iba a verla a usted al locutorio, una o dos veces al mes. Me hablaba de Dios con una naturalidad que no tenía nada de afectado ni de aprendido. No buscaba palabras hermosas, sino palabras verdaderas. Decía las cosas con claridad, con una claridad a veces desarmante, sin el menor afán de quedar bien. Tenía usted un carácter fuerte, sí, y a veces impositivo, pero no era una imposición de sí misma, sino de la verdad que usted veía con limpidez. Por eso yo la quería. Y por eso usted me quería.
Y junto a todo esto, Madre, hay algo que pertenece también a su magisterio sobre mí: la música. Usted fue una gran organista, con un fino sentido musical, un instinto seguro del ritmo, y un gustazo lleno de alma. Cómo tocaba el órgano… No como quien ejecuta, sino como quien reza con las manos. Aquellas tardes de vísperas y bendición con el Santísimo, aquellas Misas en las que el armonium, bajo sus dedos, abría una ventana de cielo en esa iglesita donde se elevó mi sensibilidad musical, ya sembrada en mi familia. Allí aprendí tantos cantos, sobre todo eucarísticos, que acompañarían después toda mi vida sacerdotal. Y allí nació también en mí el empeño autodidacta que me hizo salir en poco tiempo tocando el órgano, aunque a distancia infinita de usted. Es otra de las deudas que tengo con usted, otro de los dones que Dios me concedió a través de sus manos fieles.
He pensado muchas veces que usted veía más allá de lo visible. Que intuía los caminos antes de que se abrieran. Usted siguió todo mi proceso vocacional con una atención silenciosa, vigilante, sin interferir nunca, pero sin ausentarse jamás. Estaba allí. Siempre estaba allí.
Recuerdo con emoción su cariño hacia mi familia, y con cuánta admiración y delicadeza me hablaba siempre de mi madre, cosa que en estos últimos años a mí me conmovía aún más. Cómo gocé aquel viaje de Badajoz a Siruela, cuando la llevé en mi coche, yo, reciente sacerdote. La parada en Talavera la Real, el encuentro con mis abuelos ya muy ancianos, que la recibieron como se recibe a alguien de Dios. Y después Peñalsordo, mi casa, mi primera parroquia, donde celebré la Santa Misa, y usted presente, discreta, observando, rezando por mí, guardando todo en su corazón.
Pero si hay un momento que permanece en mí con una luz especial es el de mi cantamisa en su convento, que usted preparó con un mimo lleno de amor. Nada era pequeño para usted cuando se trataba del Señor. Y me regaló la casulla con la que celebré aquella primera Misa. Era como si usted me confiara algo de su propia vida en el altar del claustro.
Desde el día de mi ordenación, empezó a tratarme de usted y a llamarme don Alberto. No era distancia sino reverencia: respeto y fe en el sacerdocio. Pero nuestra cercanía seguía intacta: nos entendíamos; bastaba mirarnos. Le gustaba que fuera a verla y a mí me gustaba ir, porque en aquel locutorio hablábamos en verdad.
Madre, guardo como un tesoro sagrado los últimos días de su vida, que el Señor me concedió la gracia inmensa de compartir con usted. Aquel derrame inesperado, el día 6 de febrero, ¡primer viernes de mes! (siempre el Corazón de Jesús...) en el coro de su convento: el Señor quería llamarla desde el mismo lugar donde usted lo había esperado durante ochenta años. Y después, el día 11, memoria de la Virgen de Lourdes, cuando estuve en el hospital con usted, rodeada del amor vigilante de sus hermanas de comunidad, ayudándola a morir. No olvidaré nunca su mirada, aquella mirada limpia, profunda, llena de una paz que ya no era de este mundo. Escrutaba la imagen de la Virgen y la besaba con ternura de hija. Seguía mis oraciones, con una atención interior intacta, como quien reconoce una voz familiar en medio de la noche. Me sostenía la mirada con un cariño indecible; apretaba mi mano con una fuerza suave, pero firme y no quería soltarla. Ni que me fuera. Había en ese gesto una elocuencia que no necesitaba palabras: era el amor que no se retira, el alma que, ya asomada a la eternidad, aun se detenía un para despedirse en silencio. Me quedan esos recuerdos llenos de consuelo para siempre. Los guardo como se guarda una reliquia invisible. Los guardo hasta el día en que el Señor quiera que nos reencontremos en su luz.
Ahora que ha muerto, se me ha pasado por el alma, como en una película silenciosa, toda mi vida, y en cada escena estaba usted: a veces en primer plano, a veces discretamente al fondo, pero siempre presente. Como esas columnas ocultas que sostienen una casa sin que nadie las vea. He dado muchas gracias a Dios por usted. Por el don de su vida. Por su fidelidad intacta. Por el bien inmenso que ha hecho a tantas almas, sin ruido, sin nombre, sin historia visible. Usted no necesitó salir del convento para llegar muy lejos. Porque el amor llega siempre más lejos que los pies. Ahora ya ve usted al Señor al que adoró durante ochenta años sin verlo. Ahora ya no cree: ve. Ahora ya no espera: posee. Ahora ya no ama en la oscuridad: ama en la luz.
Y ahora, en este mes de marzo, mes del Patriarca San José, voy a ofrecer por usted, durante treinta días seguidos, las Misas de San Gregorio que me han encargado sus hijas, las Descalzas. Lo haré con fidelidad y con amor, aunque confieso que lo hago con la secreta convicción de que quizá no las necesite mucho un alma que ha vivido siempre tan entregada al Señor, y que es pensable haya ido directa a Su abrazo. Pero usted sabe bien que yo no soy de los que canonizan a todo el mundo ni de los que dicen sin más de todos “ha entrado ya en la casa del Padre”, porque entonces dejaría de tener sentido la oración por los difuntos. Al escribir esto, casi me parece verla sonreír con esos ojos suyos, vivos y pícaros, dándome la razón sin decir palabra. Por eso, aunque me guste imaginarla ya en el cielo, hago lo que siempre nos ha enseñado la Iglesia y lo que aprendimos de nuestros mayores: rezar por nuestros difuntos. Y no crea que lo hago sin una cierta dosis de santo egoísmo, porque también lo hago para que usted rece por mí. Con cuánto fervor y con cuánto gusto voy a ofrecer estas gregorianas, querida Madre Inmaculada.
Me atrevo a pedirle algo. No deje de mirarnos. No deje de velar por nosotros. No deje de sostener, con esa misma firmeza serena que tuvo en la tierra, a los que seguimos caminando todavía en la penumbra de la fe.
Gracias, Madre Inmaculada. Gracias por haber existido en mi vida. Gracias por su verdad. Gracias por su fidelidad. Gracias por haber sido, sencillamente, usted.
Nos volveremos a ver.
Con gratitud filial y con paz,
Don Alberto José González Chávez, Pbro.



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