sábado, 3 de octubre de 2026

Solemne Triduo. san Francisco. 2026

SOLEMNE TRIDUO A SAN FRANCISCO DE ASIS. 2026

 


      Este año la Fiesta del Bienaventurado Padre San Francisco, ha tenido un carácter muy singular por esta celebrando la efeméride de su VIII Centenario de su Pascua.

Durante tres años toda la Orden Franciscana, nos hemos preparado con un Centenario Articulado, donde hemos celebrado los últimos años de la vida de San Francisco, que culmina este 4 de octubre de 2026 con su subida al cielo.

El Solemne Triduo este año se ha adelantado un día y lo hemos vivido intensamente los días del 1 al 3 de octubre de 2026.

A las 09.45 h se ha hecho el Ejercicio del Triduo y seguidamente la celebración de la Solemne Eucaristía, que ha presidido y predicado el Rvdo. Sr. D. Wenceslao Tomás Rocher, Párroco  de Villagonzalo (Badajoz).

Dejamos las homilías de estos días para el bien espiritual del lector:

 

Día 1.

Hermanos, Hermanas Clarisas, Tercera Orden, todos los fieles que estamos enamorados de nuestro Padre San Francisco y todo el pueblo de Dios.

Cuando uno lee este Evangelio, se acuerda de San Francisco, porque él siempre mandaba sus frailes de dos en doce. Primero para estar en unidad, para que se ayuden mutuamente. No se sienta uno solo del otro, no se sienta uno más que el otro; sino que con dos se llevan las cosas mejor. Y también el saludo de la paz, claro que sí. Paz y Bien.

Por eso que San Francisco, lo primero que podemos decirle es que es un enamorado del Señor, un enamorado de la Palabra de Dios. Por eso yo me tengo primero que enamorar de Él y para conocerlo, enamorarme de la Palabra de Dios. Y como bien sabéis, estamos celebrando los 800 años de la muerte. Pero yo digo de la vida, porque sí, es verdad, murió, pero está en la presencia de Dios.

Es decir, todo lo que vivió en la tierra fue para luego encontrarse con el Señor. Por eso...hoy aquí, cogiendo del cántico de las criaturas, dice: “loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar”; es decir, cuando nacemos, estamos llamados a amar a Dios, a mostrar a Dios y que Dios sea el primero. Por eso él lo fue descubriendo poco a poco y en su muerte. Como sabéis que murió muy joven, a los 44 años, alcanzó pues esa vida para el Señor. Y fijaros que después de decir loado sea su Señor por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar, dice más, hay de aquellos que mueren en pecado mortal, dichosos aquellos a quienes hallará en cruzada voluntad, para que la muerte segunda no les hará mal. Porque si el cristiano no vive en la voluntad del Señor, pues ayuda a la muerte, ¿no? La muerte corporal nos lleva a la eternidad, nos lleva a estar con el Señor. Pero es que también hay otra muerte, que es la peor, no encontrarte con Dios. Por eso que en este trío vamos a dar tres pasos.

Tres pasos que yo creo que son importantes en nuestra vida: Primero, cuando uno ve a San Francisco, San Francisco... pues como en su tiempo, es hombre de su tiempo, y claro, como toda familia, lo bautizan, le llevan a que tome la comunión, la confirmación, va a misa los domingos, va teniendo lo que nos han enseñado toda la vida. Es decir, esa relación que todos tenemos, ¿no? Buscamos a Dios cuando nos conviene, no lo buscamos porque ya no me conviene. Pero por eso que la experiencia de San Francisco es muy importante en nuestro tiempo. Él, como digo, fue un hombre de su tiempo. Él fue joven y buscó, pues como todos los jóvenes, pasarlo bien, estar con sus amigos, estar en su trabajo, esa amabilidad, esa cercanía, ese joven que era tan vivo y tan feliz. Es decir, nos tenemos que poner nosotros también ahora, yo como vivo en cada día, es una fe, pues de la que me han enseñado, y sí, yo rezo, yo sí, me confieso, voy a misa, Bueno, sí, cuando estoy mal le pido. No es una fe para enamorarte de Cristo.

Porque no nos damos cuenta, hemos perdido. A veces uno lo piensa. Los santos han sido personas como nosotros, pero luego su centro es Cristo. Nosotros estamos pasando en un tiempo... donde Dios también nos va a pedir cuentas de nuestro tiempo, de todo lo que hagamos, bien o mal. Tenemos la confesión, tenemos la oración, tenemos, repito, los sacramentos. ¿Cómo lo digo? Porque a veces estamos más enganchados en las cosas del mundo que en las cosas. Y como Dios es misericordioso, pues tendrá misericordia de mí y sabrá comprenderme. Ayer el Evangelio de ayer era muy duro, porque el Evangelio de ayer era que Cristo no tenía donde retirar la cabeza y pedía un seguimiento, pero del todo, no un seguimiento a medias, no un seguimiento de esos que... es la melancolía la que me lleva, sino el seguimiento que un día San Francisco cogió. Por eso que hoy, el primer día es para que yo me plantee qué relación tengo con Dios, qué me lleva, cómo guardo la vista, ¿Cómo busco a Dios si Dios es el primero?

Porque mañana veremos otra parte de San Francisco, porque es un camino. Por eso, si nos damos cuenta que donde estamos en la vida matrimonial, en la vida sagrada, en la vida también religiosa y en la vida sacerdotal, ¿cómo estamos viviendo con Dios? Es decir, ¿mi vida es una vida normal? ¿Es una vida que estoy como una ver a Dios y a otra al diablo? ¿O es una vida donde yo pienso que mi centro tiene que ser Cristo? Porque esto es importante. A veces uno cuando va a los entierros necesita que amenicen a todo el mundo. Y no sabemos la vida de esa persona. Por lo menos yo lo digo mucho en mis pueblos.

Me trae un discurso y digo, Dios mío, y los sacramentos de los enfermos, y la comunión, y la concesión. Es decir, la Iglesia nos regala todas estas cosas para poder un día encontrarnos con Él. Y la muerte nos viene a todos, pero hay que saber vivir esa muerte.

Y claro que San Francisco, un joven con ilusión, él quería ser caballero, su padre también, su padre le da todo lo que quiere, porque tiene que ser caballero y tiene que tener título de caballero. Y este joven, San Francisco, pues sí, él quiere tener ese título, él quiere ir, pues, a Perusa, a defender Asís, a defender lo que hay en ese tiempo. Porque todos tenemos ilusiones, todos tenemos una cosa.

Pensamos en la vida eterna. Pensamos en la muerte. Pensamos que si yo ahora salgo por ahí y me da un mareo y me quedo ahí, estaré preparado delante de Dios. Porque eso no lo pensamos.

San Francisco fue a raíz de esa batalla, a raíz de que está encarcelado, a raíz de pasar hambre, a raíz de pasar enfermedad, a raíz de estar un año en la cárcel, donde él le cae en sus manos un evangelio, es donde él va a empezar a cambiar la vida. La palabra es conversión. Estamos todos los días en camino de conversión. Porque es un camino cada día. Estoy en camino de conversión. Hay siete pecados capitales que todos los tenemos. Yo, a la hora de acostarme, medito esos siete pecados capitales. Me encuentro con Dios. Me examino de cómo estoy con Dios, conmigo y con los demás. Porque cuando uno hace ese acto de confección por la noche, pues ya tienes algo bueno para mañana caminar.

Por eso, San Francisco empieza a cambiar su vida y a entender al último día de su vida lo que aquí en Oficio lo ha deseado el Señor por nuestra hermana la muerte corporal de la cual ningún hombre viviente puede escapar. Y por eso él esperaba y le decía, hermana, muerte, porque lo iba a llevar con el Señor, con el Esposo, con el Amado.

Si no hay una vida diaria de conversión, no estamos, digámoslo así, viviendo la realidad de nuestra vida. Por eso, San Francisco nos enseña, nos enseña. Cuando ya su padre va a por él, lo ve desmejorado, su madre también. Es decir, tienen atención para él, pero su cabeza ya está en otro sitio, su corazón ya está en otro sitio, su mirar ya no es una mirada del mundo, es una mirada hacia Dios. Y eso es lo importante. ¿Tu mirada dónde va? ¿Dónde va tu mirada? Al Cristo crucificado, al rostro de la persona que tienes a tu lado, porque es otro Cristo. ¿Dónde va tu mirada? Por eso que cuando San Francisco tiene ese tiempo, digámoslo así, de madurez en la fe, porque él tiene que pasar también esa madurez como nosotros pasamos esa madurez. pues es cuando nos encontramos con la realidad de que estamos llamados a estar en la eternidad. Por eso que hoy meditar sobre nuestro Padre San Francisco, sobre su vida, a grandes rasgos, es también meditar yo en qué camino estoy.

¿Es un camino que sí, hoy voy a misa, de alguna manera ya rezaré? ¿O es un camino de esfuerzo? Porque la vida espiritual es un camino de esfuerzo. San Francisco fue esforzándose más. Primero fue enamorándose, primero fue acercando la enfermedad, acercando la cárcel, acercando todas estas cosas. Pero todo eso lo llevaron a donde está ahora, a la eternidad. Y hoy lo tenemos en el altar como ejemplo para nosotros. Porque a veces uno piensa, bueno, tenemos los ejemplos de los santos, pero tú y yo estamos llamados a ser santos. ¿Qué hacemos para ir a la santidad? ¿Qué hacemos para encontrarnos un día con el Señor? Porque a ti me acabo. Es encontrarnos con Él. Y tenemos los mismos medios que tenía nuestro padre San Francisco. La oración, la confesión, los sacramentos, la Eucaristía. Por eso que hoy lo dejamos así. Pensemos, para mí hoy, si hoy me llamara Dios, ¿cómo me encontraría? Si yo pienso en que un día me voy a ir y que un día también hay un juicio. Tienes que pensarlo.

Por eso estos 800 años yo creo que nos van bien. A todos.

 Para pensar no solamente en la santidad de nuestro Padre San Francisco, sino en su vida. Es verdad que estuvo en el siglo XII, que nosotros estamos en el siglo XXI. ¿Qué puede cambiar? Que hoy tenemos luz eléctrica, que tenemos ordenadores, que tenemos lavavajillas, que tenemos lavadora, que tenemos todas las comodidades. Y siempre nos falta tiempo para Dios. Siempre nos falta tiempo para la oración. Siempre nos falta tiempo para amar a Dios. El templo de San Francisco era de otra manera, pero ahí lo primero fue Dios cuando lo encontró. Por eso es que cuando el Señor lo va llevando, porque fijaros que el Señor a cada uno nos va llevando a sitios donde lo podemos buscar a él. San Francisco primero, pues en el campo, con el Evangelio en la mano, la meditación. Porque fijaros cuando él dice, hay de aquellos que mueren el pecado mortal, dichosos aquellos a quienes haya en tu santa voluntad, porque la muerte segunda no les hará mal.

Es decir, él ya conoce el pecado. Él ya conoce el pecado. Él ya en ese tiempo de oración, ese tiempo de búsqueda, ya conoce el pecado. Ya sabe él lo que hace mal, lo que tiene que cambiar. Fijaros que es un gran paso. Y ya él entiende que hay que hacer la voluntad de Dios. Entendemos cuál es la voluntad de Dios en nuestra vida, cuál es nuestro lugar. Si en estos tres días salimos con la gracia de Dios, pensando que aquí estamos cuatro días y que al que tenemos que buscar, honrar y amar es a Él, todo irá muy bien. Aunque tendremos también, como los santos, tenemos nuestras cosillas, en el sentido de que unos aceptarán, otros no aceptarán, porque San Francisco ahora es santo, pero al principio le echábamos piedras en Asís. Por eso que lo importante es que yo hoy piense cuánto tiempo hoy dedico a Dios, cuánto tiempo dedico a los demás, cuánto tiempo quiero estar con el Señor y cuánto tiempo necesito conocerme a mí mismo. Porque San Francisco en ese año antiguo que estuvo fue conociendo su corazón.

Su vida y fue ese cambio ya desde dentro. Así se lo pedimos a nuestro Padre San Francisco, humillo también a Santa Clara, son inseparables. Por eso que ellos nos ayuden a vivir buscando el rostro de Dios.

Que así sea.

 

Día 2.

Queridas hermanas y  hermanos de la Tercera Orden, queridos hermanos en Cristo y en María.

Francisco se hizo niño. Y cuando nos hacemos niños podemos ver muchas cosas más. Pero fijaros que se hace niño por medio de la conversión. Porque cuando uno empieza a convertir su corazón, cambia de vida. Se hace niño. en todos los sentidos. Y esto lo vamos viendo en la vida de San Francisco. Por eso que cuando uno lee el testamento de San Francisco, dice: de este modo el Señor a mí, el hermano Francisco, da comienzo mi vida de penitencia, de conversión. Por eso, si no somos niños, es decir, si no hay una conversión en mi vida, no seré en un camino, porque mi pensar es de adulto, y mi pensar de adulto a veces me hace jugarretas, el pensamiento, jugarretas en la vida diaria. Por eso que hasta que yo no me haga niño por medio de la conversión, no podré llegar a conocer no solamente a Dios, sino a los demás.

Por eso que la conversión en la vida de San Francisco nos está llamando este año a todos a tener una conversión con el Señor. Pero una conversión desde cambio de vida en uno mismo. Porque si yo quiero gozar de la presencia de Dios, si yo quiero encontrarme con el Señor, tendré que cambiar de actitudes. Y la manera de cambiar es la oración, la palabra de Dios. Cuando uno va viendo a San Francisco, que él ya sale de la cárcel, ya está en el pueblo, él va visitando, pues esos campos y ahí hace oración, Y luego, fijaros qué cosas descubre la ermita de San Damián, que está en ruina. Porque cuando uno está ensimismado en uno mismo, ni ve a Dios ni ve a los demás. Pero San Francisco ya está saliendo de él mismo, de su yo, de su manera de ser, y ha encontrado un lugar. La capilla de San Damian. Y fijaros que ese amor a Dios le hace incluso pues coger de su padre el dinero y todo eso para arreglar la capilla.

Porque cuando eso nos pasa en la vida espiritual, cuando estamos pues llenos de Dios y estamos buscando Dios, nos comemos el mundo. Y hacemos cosas, sí, bien, para bueno, pues voy a coger este dinero y lo voy a colocarlo. Esa ilusión en servir al Señor. Pero eso lo va haciendo la conversión, el camino de ver mucho más.

Por eso también, no solamente hay una conversión en las cosas de Dios, un amor a Dios, que luego el Señor lo va a pulir en ese amor a Dios. Pero también hay un amor al otro, al que no me cae bien, al que me hace la vida un poco no muy grata, al leproso. Al leproso. Es capaz de besar al leproso. Porque también cuando uno se da cuenta de que uno también es leproso, que uno también puede fallar, que uno también puede meter la pata, que uno también puede hacer cosas que ni las piensa. Pero ven el leproso también el mismo. Por eso los santos son, cuando están cerca de Dios, están pensando en los demás. El cambio de vida de San Francisco es lo que estamos llamados todos a ser.

Fijaros que él llega a un momento en que cuando se encuentra con los frailes en esa chabola, en ese sitio, donde hay un fraile que está pasando necesidad, donde hay una bolsa con, con, con mendrugos de pan. Y a mí de anoche, aquel fraile que me muero de hambre, ¿qué hace? Para que él no, para que él no se sienta o descubierto, le hace que todos toman un mendrugo de pan. Ahí está la delicadeza de San Francisco. Pero esa delicadeza no ha sido de hoy para mañana. Es una delicadeza

que lo da el Señor cuando tú te vacías de ti mismo y lo buscas a Él fijaros es que la conversión me lleva a mucho más no a mirarme a mí evitar la pereza evitar todo aquello que me aparta de Dios San Francisco sabemos que dormía o en el suelo en una recta. Es decir, ¿por qué lo hacía? ¿Por qué hacía esas penitencias? Porque él se veía que había ofendido a Dios porque nos olvidamos de una cosa muy importante. Los santos nos enseñan que cuando yo me arrepiento de mis pecados, también hago penitencia. ¿Es que a San Francisco le gustaba ser, diríamos, soy masoca? No. San Francisco sabe que ha ofendido a Dios. Es como aquel que rompe un cristal y dice, bueno, lo he roto yo. Bueno, pero lo tienes que pagar si lo has roto tú. Has pedido perdón. He roto el cristal, vale, ya, pero lo tengo que pagar. Cuando ofendemos a Dios... O sí, tenemos que pedir perdón a Dios por el sacramento de la reconciliación, pero también tengo que pagar esa ofensa a Dios. Y esto lo hemos olvidado por completo en la Iglesia. Por eso que también es bueno hacer penitencia, pero también por esa conversión de mi vida. privarme de algo hay que privarse de algo hay que ofrecer a Dios lo que más nos cuesta por eso que mirad en estos 800 años de la muerte de nuestro padre San Francisco esta nos cuenta que estamos llamados a vivir una vida con Cristo

Con Cristo, no con el mundo, no con los que me caen bien, sino con Cristo. A veces somos nosotros mismos, somos un poco hipócritas, queremos quedar bien ante la gente y ante Dios como quedamos. Si es Él el que me va a cuidar, ¿qué va a pensar si hago esto, qué va a pensar si hago aquello? Y queremos quedar bien ante el mundo, pero ante Dios no. Y es Él el que nos va a juzgar, es Él el que nos va a decir las cosas. Y esto hay que pensarlo, porque estamos todos llamados a la conversión. Por eso, viendo la conversión de nuestro Padre San Francisco, no solamente está mirando lo que ha hecho mal él, sino lo quiere reparar. ¿Cómo reparo yo mis pecados? ¿He llorado alguna vez mis pecados? Porque claro, San Francisco se quedó ciego de tanto llorar. Es que no lloró. Es que era muy emoción, se ponía emoción, esa emoción, ¿no? Y lloraba por sus pecados. Porque había ofendido a Dios. ¿Te has pensado, te has planteado pensar las veces que uno ofende a Dios? ¿Vale? Es que yo, como a veces, hasta no puedo. ¿Vale?

Yo ni mato ni robo. Ah, ¿no? Cuando no aceptas a otra persona, ¿quién es? ¿Quién? Solamente nos quedamos en eso, porque está el pecado venial. Pero también hay ese pecado de... No, cada uno en su casa y yo en la de todos. Es decir, y nos quedamos tan normales. Porque no hemos profundizado en lo que es vivir como un buen cristiano. Porque San Francisco lo primero que quiso vivir es ser un buen cristiano. Por eso se fue solo. No quería fundar nada. Pero el Señor le regaló la obra. Pero él lo que quería es ser un buen cristiano. Plantéate tú lo de ser buen cristiano. En la regla de San Francisco, la volada, la que está aprobada, ya dice ahí cómo tiene que ser, a quién hay que recibir, cómo hay que recibirlo y todo lo demás. Porque si quiere ser para Dios, ser un buen cristiano. Y para vivir en un buen cristiano tienen que ser los mandamientos. Que eso lo vivió San Francisco como lo vivimos ahora porque la Iglesia no ha quitado nada.

Por eso que mirar a San Francisco es darnos cuenta que tú y yo estamos llamados a ser santos. Ser santos, que esto no es para uno o para dos. Ser santos, que cuesta, claro. Claro que cuesta. Que cuesta muchas veces que nadie lo comprenda, claro. Lo dije ayer, dije a San Francisco, no pelearon en Asís. Y ahora es el patrón de Asís. Claro. No reconozco ningún santo que primero no haya sido rechazado. Bueno, yo creo que la Madre Santa Clara, la Madre Santa Clara fue aceptada. La Madre Santa Clara se denuncia ese regalo. Y también San Antonio. Pero fijaros que en la orden hay... santos que han sido rechazados por eso que mirando a San Francisco es mirarme a mí es lo mismo que en el tiempo de San Francisco ¿cómo estaba la iglesia? pues como estaba hoy ¿cómo está la iglesia? como está el mundo, como está pero yo no me puedo estar lamentándome de todo eso porque a San Francisco le pidió Francisco repara mi iglesia

Y él, con su buen sentimiento, reparó la iglesia de San Damián, hasta que se dio cuenta que hay otra reparación. Yo tengo que reparar como buen franciscano, tengo que reparar la iglesia rezando con el Papa, los obispos, los sacerdotes, con las hermanas, con la orden. Reparar. ¿Qué es lo que hizo San Francisco en su vida? Reparar. Reparar la Iglesia. Porque tú eres Iglesia. Y hasta que tú no te reconozcas que eres Iglesia y que te tienes que reparar por dentro, no comprenderás a San Francisco. Pero tú eres Iglesia. Y con tu manera de hablar, con tu manera de ver las cosas, con tu caridad, con tu servicialidad, te estás reparando la Iglesia. y el mundo, y España. Por eso tenemos que darnos cuenta que estamos llamados a ir al cielo y nos pasamos la vida lamentándonos de mil cosas. Y esos lamentos no nos sacan nada, no nos sacan provecho, no nos ayudan a nada. Siempre estamos con el alma

Reza. Mirador, hay muchas cosas que nos quitan la oración. Hay muchas cosas que nos quitan el pensar en Dios. Porque estamos tan absueltos en el mundo, porque queremos estar en el mundo, pero sin ser del mundo. Aquí también el Padre San Francisco nos lo dice. En efecto, mientras que me hallaba en los pecados, fijaros, se me hacía muy amarga, muy amargo los leprosos. El Señor mismo me condujo al medio de ellos y yo practiqué la misericordia con ellos. Cuando me aparté de los pecados, fijaros, te apartas con el pecado, luchas por los pecados, porque a veces uno... Por su manera de ser, pues, pues levanta la voz, por su manera de ser, pues es más orgulloso, por la manera, por los seres pecados capitales que dije ayer, pues todos tenemos alguno. Y dice, cuando me aparté de los pecados mortales y veniales, porque hay que apartarse también de los mortales, pero cuando te quedas en los veniales, te quedas ahí ni para abajo ni para arriba.

Lo que antes se me hacía amargo, se me cambió en cultura del espíritu y del cuerpo. Pero si estamos en ese aburágine de que esto es un sin venir, es decir, Estamos más pendientes del mundo, de las cosas del mundo, que las cosas de Dios. El móvil. Plantearos cuántas veces utilizo yo el móvil y cuántas veces estoy pensando en Dios. La tele. Plantearos cuánto tiempo estoy ahí y no estoy rezando el rosario. Plantearos cuántas veces estoy yo con mis cosas y no estoy con Dios. Es que, sin darnos cuenta, el mundo nos come, nos absorbe. Y esto es peligroso, porque San Francisco en su tiempo tendría sus cosas y podía absorberlo a él también. Sin embargo, se enamoró de Dios. Y eso es lo que el Señor quiere, que tú y yo me enamoren. Por eso, amar... a Dios, amar al prójimo, amar a la Iglesia y rezar por unos y otros. Porque esto es lo que nos pide Dios en la vida de San Francisco.

Y esto es lo que le pedimos hoy, que por medio de nuestro Ángel de la Guarda, que San Francisco le tenía muchísima devoción a los ángeles, arcángeles, También hoy pidamos que a nuestro ángel de la guarda, que nos guarde de ofender a Dios, que nos ayude a amar a Dios y que tú y yo estamos llamados a ser santos, canonizables o no canonizables, pero estamos llamados en una palabra a amar a Dios sobre todas las cosas. Primer mandamiento, amarás a Dios sobre todas cosas. El segundo, al prójimo como a uno mismo. Y esto es lo que nuestro Padre San Francisco nos enseña. Pues que Él, desde el cielo, nos dé esa fuerza para amar a Jesús. Que así sea.

 

 

 

Día 3

Queridas hermanas y  hermanos de la Tercera Orden, queridos hermanos en Cristo y en María.

Que evangelio más apropiado: “todo ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al que es el Hijo, sin el padre ni quién es el Padre, sino el Hijo, a quien se lo quiera revelar”. Fijaros que en estos días hemos hablado un poco de la vida de San Francisco

Y llegamos al punto de que San Francisco, se da cuenta quién es su padre y devuelve delante de todo el mundo en la plaza, todo lo que su padre le había dado porque eso había querido. Se deja sin nada. Y es el Obispo, la Iglesia, quien con su capa lo acoge para que viva, ese Espíritu del Evangelio, ese Espíritu que él tenía para vivir todo desde Dios. Y fijaros que el Evangelio es una verdad tan clara que San Francisco sabía que para conocer a Dios tenemos que pasar por Cristo, porque Cristo es la puerta para conocer a Dios. Y San Francisco se quedó sin nada, confiando solamente en Dios Padre. Porque él sabe que alimentaba a los pájaros, él sabe que todo lo pide a Dios. De ahí el canto de las criaturas.

Es decir, cuando a partir de la vida de San Francisco vemos la vida actual, vemos que su tesoro, su pensamiento, su vida es Dios y las cosas de Dios. Es decir, está en el mundo sin ser del mundo. Es decir, hay que aprender de San Francisco.

Fijaros que él empezará esas alabanzas a Dios, empezará esas oraciones al Espíritu Santo, a Dios Padre, a María, a los Ángeles. Cuando uno va... viendo todos sus escritos, sobre todas sus oraciones, ahí vemos lo que hay en el corazón de Francisco. Un amor a Dios y todo lo que es de Dios.

Y claro, solamente: “Oh alto y glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón, dame fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta, sentido y conocimiento y la verdad”.

En aquel tiempo lo de la Santísima Trinidad no estaba así. Pero San Francisco lo vive en su corazón. En su corazón la experiencia, nuestro Padre San Francisco es que por medio de el conoce a Jesús, conoce al Padre. Y ese conocimiento del Padre y del Hijo lo lleva el Espíritu Santo. Lo lleva el Espíritu Santo. Fijaros si lo lleva el Espíritu Santo, que es capaz de decir, bueno, que el general sea el Espíritu Santo de la obra. Claro, que tiene que haber alguna persona física. Es decir, es tanto lo que vemos en nuestro Padre San Francisco, que es lo que un cristiano tenía que vivir la experiencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Él tiene ahí un canto de alabanzas,  a Dios Padre. Un canto de alabanzas es una maravilla. Ahí tenemos también pues las virtudes que está hecho de una manera que sabemos que San Francisco vivía las virtudes porque si no vives esta virtud no puedes vivir la otra virtud, si no vives esto no vives aquello, porque él lo vivió, lo tenía ya incluido en su corazón.

Por eso, meternos en todo lo que San Francisco nos regala es volver a la espiritualidad de un cristiano.

Recuerdo, ayer creo que lo dije, pero San Francisco quería vivir, sí, en soledad, de americana, pero siendo un cristiano. Pero el ejemplo de San Francisco: de vaciarse del mismo, hace que los demás lo busquen. Porque hoy necesitamos ejemplos, porque si no... Eso ya lo dijo también el Papa San Juan Pablo II, hombres y mujeres, que experimenten la vida con Cristo. Y para experimentar la vida con Cristo es la oración, es el vaciarse de uno mismo. Por eso que todos estos escritos de nuestro Padre San Francisco están actualizados. Si tú quieres vivir una vida para con Dios en el mundo y sin ser del mundo. Tú tienes aquí esas completas, esta sexta, esta nona, donde aparece también la Virgen ahí, en las completas. Es decir, es que, por no alargarme, por no que no alargarme, pero... Pero es que San Francisco es una plena actualidad.

¿Tú quieres ser santo? ¿Tú quieres ser santa? ¿Tú quieres estar en el mundo y ser testigo del mundo? Ser testigo del mundo no es todo alegría. Porque ahí aparece también la perfecta alegría. Y la perfecta alegría... San Francisco se encuentra con sus hermanos que no lo reconocen. La perfecta alegría. Es decir, que estar con el Señor... no es estar siempre elevado, sino estar viviendo lo que te toca vivir con los ojos de Dios y con la misericordia de Dios, porque fijaros que a su Padre de la Tierra no va en contra de él, sino él tiene que seguir su camino. No maldice a sus padres, no maldice a nadie. Aquí bien es lo que nos enseñan.

Y cuando uno se mete en las admoniciones, las admoniciones, ayer te he tocado la guitarra que decía aquel, porque es todo lo que él ha vivido, no solamente personal, sino también en comunidad con los hermanos. Es decir, y ahí retracta todo muy bien lo que es una persona, que somos personas, no somos ángeles, pero que también nos enseña a amarnos, a querernos, también como somos.

Porque San Francisco lo único que tiene es un respeto a todos impresionante, un respeto a sus hermanos, de tal manera que él ve que la obra se está dividiendo, Y él lo que quiere es vivir lo que el Señor le ha regalado. Y se va con el hermano León. El hermano León. Por eso siempre es bueno, y San Francisco eso para él, el Evangelio lo cumple, siempre que vayan dos hermanos de dos en dos. Y cuando Dios manda, los manda de dos en dos a todo el mundo. Y él está con el hermano León. Y el hermano León, pues lo siguió, ¿no? Cuando se fue al monte Albernia. Porque claro, estaba viendo lo que pasaba, ¿no? Que será lo que es de Dios, no quería el Señor. Le regala sus llagas, le regala sus tesoros. Porque Francisco es otro Cristo en la tierra. Francisco es una cuota con Cristo. Francisco es lo que dice San Pablo, ya no vivo yo, es Cristo que vive en mí.

Y es verdad que cada santo es distinto, pero todos estamos llamados a la santidad, todos estamos llamados a vivir nuestra vocación, pero con él, huyendo de aquello que me aparte de Dios, huyendo de aquello que me aparte de mi conciencia. ¿Cómo tenemos la conciencia? Si en el mundo que vivimos no sabemos ni lo que está bien ni lo que está mal. Y San Francisco sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal. Porque lo experimentó en su vida.

San Francisco es un gran enamorado del Viacrucis, diríamos hoy, de la cruz. Nosotros, ¿cuántas veces rezamos el Viacrucis? ¿Cuántas veces me siento en casa a leer la pasión del Señor? Porque si no me enamoro de Jesucristo, no solamente las cosas vuelan, porque nos salvó por medio de la pasión. Por eso San Francisco hoy es actual en todos los sentidos espirituales. para ayudarnos a vivir en el mundo sin ser del mundo, ser testigos del amor de Dios, bendiciendo, incluso a los que maldicen, bendecir, bendecir. Esto es así. ¿Y esto quién lo da? Pues la Santísima Iglesia.

Y ese amor que tiene a la Virgen, porque en el cántico a la Virgen hay... Es que es una maravilla, es que aparece la palabra madre de la Iglesia en el siglo XIII ya. Los santos tienen una visión de mucho, de mucho, que ellos ni siquiera lo saben, pero lo plasman en su vida y en sus escritos. Por eso que San Francisco, a los 44 años ya estaba preparado para irse al cielo. Ya estaba preparado para estar en la eternidad. Ya lo que deseaba era irse con el Señor, porque es su amado, es su Señor. Por eso la pregunta que yo me hago siempre: ¿ Yo estoy preparado para irme con Dios? El trayecto que el Señor me ha dado, que son tantos años, ¿cómo los estoy viviendo? Aprovecho el tiempo en las cosas de Dios. Esto es muy importante. Que la vida son cuatro días. Pero ese tiempo lo utilizo como Dios me pide. y sobre todo el amor y la caridad que San Francisco tenía a los frailes, no solamente a los frailes, sino a todos.

Él siempre iba perdonando, iba disculpando, no daba importancia para estas cosas. Ya digo, las admoniciones es una maravilla, porque te encuentras un reflejo de la persona, Tanto en el siglo XIII como en el de hoy, todo el mundo cambia. Pero lo único que nos va a cambiar es que yo me encuentre con Dios en la oración, en la Escritura, en el rezo en el Rosario. Es decir, en todo aquello que me va a hacer cambiar. Y lo único que me va a hacer cambiar es el que está ahí en el Sagrario. pero yo tengo que estar tiempo con él. Pero también tengo que pedirle al Señor: “mira Señor, yo soy de esta manera, que ya cambia”. Porque lo que cambió San Francisco, fue tantas horas de oración, tantas horas del Evangelio, ya lo vivía ahí. Ya lo vivía, ya lo sabía de memoria, pero lo vivía. Y eso es lo que a nosotros nos toca pedirle al Señor. Y también por la intercesión que nuestros padres han visto.

Por eso él quiere morir en la porciúncula, donde él ahí experimentó la presencia de los ángeles, sobre todo la presencia de la Virgen de los Ángeles. Donde Él es el único sitio donde dirá, si os echan de aquí, salid por la ventana. Yo cuando subí la ventana, digo, pues yo, y voy a entrar y voy a salir. Pero tengo claro, porque en la ventana no da para más. Entonces, claro, pero por eso que la ventana es Cristo. Metámonos en la ventana de Cristo, que Él nos lleve al Padre, que Él nos lleve a conocer al Espíritu Santo, y que la Santísima Trinidad sea, como dice el Evangelio, sea morada en nuestro corazón, porque San Francisco fue ese Sagrario de la Santísima Trinidad.

San Francisco llevó a la Trinidad en su corazón y para regalo de Dios, para que él también se sintiera, porque estaba también desconsolado con todo lo que estaba pasando, Y le dijo, mira, la orden es mía. Le dijo el Señor: la Orden es mía. Tú eres un instrumento, la Orden es mía”. Pero te voy a regalar. Y le regaló, como bien sabéis, los estigmas. Que es el único que yo sepa, hasta el día de hoy, que murió con los estigmas. Porque el Padre Pío, los tuvo 50 años. Pero San Francisco murió con ellos.

Por eso que pidamos a nuestro Padre San Francisco a enamorarnos de Dios. Porque cuando yo me enamoro de Dios, me enamoro de la Iglesia, rezo por la Iglesia, y me enamoro también de mis hermanos. Y es una manera de también, ver en los hermanos, el amor y la misericordia de Dios. Por eso pidamos de hoy a San Francisco ser hermano de todos y al mismo tiempo llevar en nuestro corazón la Trinidad, porque el Señor lo ha prometido. Que así sea.

 En alabanzas del Dios Altísimo. Amén.

 

 

 


 

 

 

 

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